viernes, 16 de diciembre de 2011

Los alimentos funcionales

Los alimentos funcionales contienen componentes biológicamente activos que ejercen efectos beneficiosos en una o más funciones del organismo, y que mejoran el estado general, la salud, o reducen el riesgo de sufrir enfermedades. Por ejemplo, son los que contienen ácidos grasos omega-3 para intentar reducir el riesgo de infarto, o calcio para contribuir a minimizar la posible osteoporosis.

Los alimentos funcionales se denominan también como alicamentos (alimentos y medicamentos), formalimentos (farmacia y alimentos) o nutracéticos (nutricionaales y farmacéuticos).

Los alimentos funcionales tiene su origen en Japón, durante los años ochenta del siglo pasado. Su acrónimo en inglés es foshu, que significa food for specified healthy use (alimento para un uso saludable especificado). Según la normativa japonesa, un alimento funcional debe cumplir varios requisitos para anunciarse como tal:

  • Debe contribuir a una mejora nutricional y al mantenimiento o incluso incremento, del estado de salud, siendo ello demostrable sobre bases nutricionales y médicas.
  • No debe ser nocivo, de acuerdo con estudios toxicológicos.
  • La sustancia que otorga al alimento sus características funcionales debe estar perfectamente definida en sus propiedades fisicoquímicas y en su análisis cualitativo y cuantitativo.
  • Los alimentos funcionales no deben tener un déficit notable de nutrientes, comparados con sus alimentos homólogos no funcionales.
  • Los alimentos funcionales tienen que parecerse más a los alimentos consumidos normalmente que a los consumidos de forma ocasional.
  • Los alimentos funcionales deben tener aspecto de alimento y no pueden comercializarse como pastillas o cápsulas.

En resumen, los alimentos funcionales deben ser como los habituales, con algún componente añadido, perectamente caracterizado y cuantificado, y deben tener un efecto comprobable de algún modo.

Los alimentos funcionales se hallan sometidos a la misma regulación que cualquier otro alimento, pero, como en su publicidad destacan especialmente el beneficio (real o supuesto) que proporcionan, en los textos de composición e información nutricional debe constar la sustancia añadida. Y no sólo eso, desde mayo de 2006, los alimentos que afirmen tener propiedades saludables deber ir acompañados de un aval científico que lo justifique.

Para producir un alimento funcional podemos efectuar varias modificaciones en alimentos normales. La primera estrategia consiste en incrementar la concentración de algún componente ya presente en el alimento normal. La leche rica en calcio se obtiene añadiendo a la leche determinados compuestos de calcio. También pueden añadirse componentes que no estaban preentes en el alimento, por ejemplo como cuando se le añade fibra al yogur. O sustitur un componente que produce efectos no deseados por otro con efectos positivos o neutros. Existe otra estrategia, que es la de añadir compuestos que ayuden a asimilar los componentes que ya de por sí contiene el alimento, que sin ese alimento adicional no se asimilarían en tanta cantidad, como la adición de vitamina D para la buena asborción del calcio de la leche.

Los componentes más destacables son: fibra dietética, azúcares alcoholes o azúcares de baja energía, aminoácidos, ácidos grasos insaturados, fitoesteroles, vitaminas y minerales, antioxidantes, bacterias ácido-lácticas y otras sustancias excitantes o tranquilizantes.

Aunque los alimentos funcionales son susceptibles de mejorar la salud, hay que valorarlos en su justa medida y disfrutar de ellos sabiendo que, si bien no son la panacea de todos los males, resultan beneficiosos y aportan un complemento saludable a una dieta y estilo de vida apropiados. Conviene aclarar que por sí solos no curan ni previenen alteraciones ni enfermedades y que no son indispensables, sino una opción a tener en cuenta en circunstancias concretas (deportistas de elite, personas que padecen alteraciones o enfermedades como diabetes, obesidad, alteraciones digestivas, etc.) y teniendo en cuenta que su inclusión en la dieta deberá ser valorada previamente por un profesional.

Los expertos advierten que uno de los problemas actuales en relación con algunos de los tipos de productos enriquecidos en determinados nutrientes, es que al encontrarse en una gran gama de alimentos pueden producir un sobreconsumo de los mismos, si se supera la ingesta recomendada por el fabricante que sería la adecuada para obtener el efecto beneficioso de su consumo. 

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